martes, 11 de diciembre de 2012

JOSÉ LUIS SALINAS -1908-1985- (Primera parte) Por Germán Cáceres


“Pocos supieron, en mi opinión, pintar a la mujer como él, ni lograr captar en una viñeta toda la belleza de una puesta de sol, la perfecta anatomía de un caballo o una panorámica naturalista de un accidentado paisaje.”
Francisco Tadeo Juan


José Luis Salinas en 1945

Nació el 11 de febrero de 1908 en el barrio de Flores, Buenos Aires. Fue un autodidacta que sólo cursó en el bachillerato los tres primeros años de dibujo. Decía que éste “no se aprende, es algo que viene con uno”.
Su inició como profesional publicitario –que tanto lo ayudó a forjar su técnica historietística- en la agencia Exitus, desde 1929 hasta 1939. Previamente había realizado ilustraciones en 1928, para la Editorial Columba, en El Tony y en Páginas de Columba.

Hernán el corsario en revista Patoruzú 184, 1941

En 1936, Dante Quinterno le pidió una historieta de piratas, cuyo protagonista fuera un joven, con el fin de competir con Quique, el niño pirata, de Luis Cazeneuve, que salía en el diario El Mundo. El resultado fue Hernán el corsario, que apareció hasta 1942, en el mensuario Patoruzú, con un intervalo desde el 15 de marzo de 1938 al 18 de marzo de 1940, debido que la revista primero pasó a quincenal y luego a semanal y el dibujante necesitaba adaptarse a esa nueva modalidad de trabajo y acumular material para publicar.

Ilustración publicada en el libro "150 famosos artistas, de la escuela Norteamericana de Arte", 1945.

José Luis Salinas tenía como modelo ejemplar al Harold Foster de Tarzán (1929) y de El Príncipe Valiente (1937). De éste último abrevó en las planchas dominicales, y no en las tiras, para contar con una mayor libertad expresiva al recurrir a cuadritos de diferentes formatos. (“En Foster vi el estilo que había soñado toda mi vida”, afirmó). Hay bastante también del Flash Gordon (1934), de Alex Raymond, historieta que admiraba (“me gustaba el despliegue, el dinamismo, de la aventura interplanetaria, la magnificencia”).

Cisco Kid en versión italiana, en la revista Il Mago, 1974.

Hernán el corsario es una historieta plena de movimiento y de acción, y muy cinematográfica por su ritmo, sus ángulos y enfoques. Sorprende su pericia técnica, el uso del negro pleno, los grises a pincel seco, el plumeado a rayas, la notable composición de página y la planificación. En la lucha del protagonista contra el pez martillo evoca por su calidad al nombrado título de Raymond, cuando su rubio héroe combate contra un pulpo. Salinas ya posee un dominio total de todas las facetas del dibujo, no sólo de la historieta. Asombra cómo maneja la perspectiva, sobre todo en las tomas en picada. Tanto el mar como los barcos constituyen primores de belleza. Otro de sus méritos es el maravilloso registro de la fauna de la selva. Sin dudas, se está ante un ilustrador de la talla de Charles Dana Gibson. La serie transmite exaltación y alegría, propias de las clásicas novelas de aventuras.

Ilustración para la revista Anteojito, 1972.

Desde 1937 empieza a colaborar en la revista El Hogar, ejecutando adaptaciones de importantes libros. Se suceden en el siguiente orden: 1938: El Capitán Tormenta, de Emilio Salgari, y Miguel Strogoff, de Julio Verne; 1939: Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas; 1940: La Costa de Marfil, de Emilio Salgari; 1940/41: Ella, de Henry Rider Haggard; 1941/42: El último de los mohicanos, de Fenimore Cooper; 1942/44: Ayesha, de Henry Rider Haggard; 1944: La Pimpinela Escarlata, de la Baronesa de Orczy; 1945/47: Las minas del Rey Salomón, de Henry Rider Haggard, y El Libro de la Selva, de Rudyard Kipling.

Página de El último de los Mohicanos

El procedimiento para emprender estas adaptaciones era completamente original. Primero Salinas elegía los títulos y luego las escenas que consideraba más destacadas para dibujarlas. Entregaba estos trabajos al crítico literario José de España, que se encargaba de los guiones. Por supuesto que prevalecía la impronta gráfica sobre la escritura, que solía ser demasiado extensa.

Página de Hernán el corsario en revista Patoruzito, 1946.

Hernán el corsario había hecho alardes de agrupar numerosos personajes en una viñeta: en El Capitán Tormenta el dibujante repite esa hazaña. Miguel Strogoff se destaca por la sabia utilización del gris, de las siluetas negras y de los encuadres en picada. Y resaltan esos jinetes tártaros, que, al galope, blanden sus espadas. En la Costa de Marfil y El libro de la Selva (su historieta preferida), la desmesura del follaje selvático y de los animales salvajes resultan propicios para que el arte de Salinas vuele a sus anchas. A tramos los cuadritos se exhiben imponentes y cargados de exotismo. Abundan las logradas escenas de luchas cuerpo a cuerpo como en El último de los mohicanos, en el cual su clasicismo adquiere frescura y espontaneidad al dejar en blanco parte de varios cuadritos. En La Pimpinela Escarlata su grafismo es mucho más contenido, como respondiendo a las pautas de una novela en la cual se imponen los interiores.

Página de Dick, el artillero, en revista Gunga Din, edit. Record,  1980.

En 1945 aborda la historieta humorística Ellos para Patoruzú (a veces la firma como Joseph Louis). Antes la habían dibujado Rodolfo Claro y Castrillejo.

Página de Ellos, en revista Patoruzú 185, 1941.

En 1949 viaja a Estados Unidos para mostrar sus trabajos, y en 1951, el mítico King Features Syndicate le encarga la historieta Cisco Kid, con textos de Rod Reed, un guionista de la plantilla, para lo cual se establece en New York con su familia. Nueve meses más tarde regresa a la Argentina porque su hijo Alberto podía ser reclutado para la guerra de Corea, dado que eran residentes. Pero siguió dibujando la historieta desde Buenos Aires, hasta que ésta se interrumpió el 10 de agosto de 1968. Cisco Kind se publicó en trescientos periódicos de todo el mundo; en la Argentina apareció en el diario La Razón y en la revista Patoruzito, con adaptaciones a cargo de Leonardo Wadel. Salinas fue el primer argentino que trabajó entre los grandes maestros norteamericanos. Es una historieta que sigue las pautas de los globos de diálogo, en oposición a Hernán el corsario y a sus ilustraciones de novelas en las que predominaba el texto.

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