jueves, 14 de septiembre de 2017

DOS HOYOS, por C. M. Federici

Para el buen amigo y admirado colega, Eugenio (“Ray Collins”) Zappietro, este pe­queño relato del “Wild West”, que contiene un sutil homenaje a su nom-de-plume y a su proficua trayectoria.



Al empujar la hoja vaivén de la puerta del saloon, el fino oído de “Two Holes” Sutton, el matador, no dejó de captar el leve chirrido de un gozne mal aceitado, aun entre la confusión de las conversaciones, las risas de las “chicas” y el hipido de algún ebrio consuetudinario. Así sobrevivía, no perdiéndose nada, alerta siempre.
Bajo la sombra del aludo “Stetson”, sus ojos achinados, de mirada de lince, se entor­naron sobre los pómulos salientes de un rostro impasible, enjuto y ahusado, como un cráneo cubierto apenas por fina capa de piel picada de viruela. Entonces, entre la abigarrada concurrencia, la vio.
Y sintió que algo, mucho tiempo aletargado, se erguía en su interior.
Sin que lo supiera, otros ojos, tan penetrantes como los suyos, aunque parpadeaban sin cesar detrás de los cristales redondos de unas gafas, se fijaron en él. Y formaron dos medias lunas invertidas cuando una sonrisa de satisfacción curvó la boca de finos labios que había debajo. Sexton Collins, el famoso escritor de folletines, que había seguido incansablemente el rastro del killer a través de tres estados, sintió que el corazón le saltaba en el pecho. Casi salta él mismo de la silla que ocupaba, con riesgo del vaso de ginebra a medias consumido, que vaciló sobre la mesa y a punto estuvo de añadir una mancha más sobre la maltratada superficie de madera basta.
“¡Al fin!”, se dijo, alborozado. “¡Sabía que el momento llegaría!...”
Hombrecito semicalvo, de cortas piernas, iba vestido a la usanza del Este, lo cual resultaba algo ridículo en aquel pueblo perdido de Wyoming, y su aspecto era por demás inofensivo. Sin embargo, cuando tomaba la pluma en la mano, era capaz de conmover a millares de lectores con sus historias rudas, salvajes, de sangre, violencia y muerte. También se especializaba en biografías de famosos pistoleros. Ver allí a “Two Holes” lo hizo relamerse de gusto.
—¡Mozo! —llamó—. ¡Tráigame otra ginebra!
Sutton, en tanto, y por primera vez en mucho tiempo, permaneció estático, la mirada fija en aquel perfil femenino de rasgos perfectos. Era… como la suma de sus recuerdos más puros, de los sueños impolutos de su adolescencia…, antes de que, llevado por las circunstancias, acabara por transformarse en lo que era, un despiadado matador. Sintió el impulso irrefrenable de acercarse a ella. Pero sacudió la cabeza.
“¡Bah!”, gruñó para sí, “¡No es más que otra mujerzuela de saloon! ¿Cuántas iguales a ella conociste, Sutton? ¿Y alguna fue mejor que las demás? ¡Zorras…, es lo que son!”
En su mesa, Collins también miraba a la muchacha. Típica de esos sitios, pensó. Con ricitos sobre la frente, la cara embadurnada de afeites, vestido muy escotado, de colores chillones…, quizás hasta un puntito más que sus “colegas”. ¡Perfecta!
Y su compañero de mesa… Collins sonrió irónicamente. ¡Todo un palurdo, alto, desgarbado, carirrojo, seguramente oliendo a establo, como buen campesino!... ¡Vaya pareja que formaban! El escritor parpadeó tras las gafas. Parecía que el muchacho le estaba hablando en serio a la chica; no mostraba la actitud del que busca divertirse y nada más.
“¡Excelente!”, aprobó interiormente. “¡Como para una novela romántica!”
“Two Holes” Sutton cedió a la compulsión. Había venido al saloon con intención de “expansionarse”, como él decía, porque hasta el más encallecido matador lo necesita de vez en cuando. Le habría bastado cualquiera de las del “harén”, pero ahora… Ahora lo sacudía otro apetito, que no habría sabido definir, pero que halló impostergable.
Por eso, apoyadas por costumbre ambas manos en las culatas de los “Peacemakers”, se encaminó hacia la mesa que compartían aquella hechicera y el rústico. Seguramente este protestaría cuando Sutton apareciese, pero ¿quién se preocupa de un patán, que solo habría usado un revólver para matar alguna culebra? Una de las comisuras de su sinuosa boca se curvó hacia arriba al notar que el individuo estaba desarmado.
—¡Sí, Lina! —oyó que decía, sonriente, el campesino—. ¡Ya podemos casarnos, querida! ¡Acabo de cobrar por el ganado! ¡Te sacaré de aquí!... ¡Tendremos la casita que tanto anhelaste…, la huerta, las gallinas! ¡Todo esto lo dejarás atrás!
En el momento en que Sutton llegaba, ella tendía las finas manos para estrechar una de las manazas del hombre. Estaba hermosa de veras, con su boca roja como una fresa moldeada en una sonrisa encantadora.
—¿De veras, Alger? ¿No ocurrirá como otras veces, que…?
—¡Nada de temores, mi cielo! ¡Ahora mismo te llevo de aquí y nos casamos!
—¿Puedo invitarte a una copa, belleza? —Sutton se había inclinado sobre ella.
El otro levantó la vista, pero no parecía enojado.
—Está conmigo, amigo. Esto es una conversación privada, así que le agradeceré…
Sutton lo miró como si recién reparase en su presencia.
—No hay nada de privado para una chica de saloon. Es de todos, ¿verdad?

El campesino se levantó bruscamente. Su silla golpeó ruidosamente contra el piso.
 —¡Retire lo dicho! ¡O se lo haré tragar!
—¡No, Alger! —clamó Lina—.¡No pelees con ese! ¡Es un matador!... ¡Lo conozco, lo llaman “Two Holes”, porque siempre mata con dos balazos…, para asegurarse!
Era la estricta verdad. El pesado proyectil del .45 era capaz de voltear a un caballo, detener a un toro bravo, e incluso, bien colocado en un ojo, hasta acabar a un “grizzly”. Pero con los humanos era otra cosa. Había que estar seguros…, por eso el segundo hoyo, en medio de la frente.
Sutton echó hacia atrás el ala del “Stetson” con el pulgar.
—No sé cómo sabes de mí, muñeca, pero convendría que le aconsejaras a tu pretendiente que no se meta conmigo…, por su salud, ¿entiendes?
Su mano, hecha garra, amorató el tierno brazo de Lina. Y tiró de ella.
—Vamos, te vienes conmigo. ¡Que el campesino vuelva con sus vacas!

—¡Suéltala, canalla! ­—y el enorme puño de Alger se disparó, tendiendo al otro en el piso—. ¡Te enseñaré a respetar a mi novia!
Desde el suelo, el matador lo miró aviesamente. Con más calma de la que podría haberse esperado, pasó el dorso de la mano por la herida del labio.
—Te lo buscaste, imbécil.
Con agilidad de pantera, se puso de pie y apostrofó a su atacante:
—¡No sabes con quién te metiste! ¡Nadie le pegó a “Two Holes” y vivió para contarlo!... ¡Esto se resuelve de una sola manera! ¡Con los “Colts”! ¡Vamos, a ver si eres hombre, palurdo!
En ese instante, Sexton Collins juzgó necesario intervenir:
—¡No permitan esto! ¡Será un asesinato! ¡Un matador contra un inexperto no es un duelo, es un asesinato! ¡Una infamia!
Sutton lo miró como a una cucaracha.
—¡Cállate, mequetrefe! ­—Y volviéndose a los otros, que apenas osaban moverse, pe­tri­ficados de miedo—.  ¿Qué dicen ustedes? ¿Les gustan los cobardes en este pueblo?
Hubo un movimiento general, apartándose de la zona de fuego. Nadie osaría interpo­nerse, y “Two Holes” lo sabía.

El rústico respiraba agitadamente, y su cara estaba pálida, pero no retrocedió.
—No vine armado ­—dijo.
—No te preocupes por eso —respondió el matador—. Te presto uno de los míos. ¡Con el otro me basta para liquidarte! —Y le tendió el arma.
Algernon la tomó, como si no supiese qué hacer con ella. Su torpeza dolía.
Collins hizo otro intento:
—¡No deben permitirlo! ¡Es un asesinato a sangre fría, señores! ¡Ese granjero no sabe ni por dónde sale la bala! ¡Se ve a la legua!
Pero no le hicieron ningún caso. Aparte del miedo que les daba el matador, casi todos estaban dominados por la atracción morbosa de contemplar aquel espectáculo.
—¡No, Alger, no! ¡Te va a matar! ¡No puedes contra él!
Sutton sonreía para sus adentros, aunque su rostro se mostraba tan inexpresivo como una hoja en blanco. Aquello iba a ser pan comido. ¡Hasta de espaldas lo podría hacer!
Ya estaban frente a frente: uno, vacilante sobre las toscas botas campesinas, balan­ceán­dose un poco, con el revólver vacilándole en el puño; el otro, sereno, displicente, descansando en la experiencia de cien muertes. Si hubiese tenido el hábito de hacer muescas en las culatas de sus “Colts”, se dijo sardónicamente, no le quedaría por dónde empuñarlos…
—Estoy… listo ­—murmuró el granjero.
—Te dejo sacar primero… ¡Vamos, saca! ¡Saca, caballero andante! ¡Saca, campe­sino idio…!
Sus ojos se abrieron, incrédulos, tras el estampido.
Una flor roja se abrió justo en la pechera de su chaleco, extendiéndose…
—¿C-cómo pudo…?
Y fuese lo que fuese que iba a preguntarse, todos sus pensamientos desaparecieron cuando en su sien izquierda se marcó un segundo hoyo de bala (más pequeña esta, de una “Derringer” empuñada por delicada mano femenina) que se los llevó, junto con la vida de Sutton, hacia la eternidad.
El tiempo se detuvo durante unos instantes que parecieron centurias. Si hubiese caído un cabello al piso del saloon, les habría parecido el retumbar de un trueno. Nadie podía explicarse lo ocurrido.
Indiferentes a todo, Alger y Lina se abrazaron fuertemente.
—¡Lo hicimos! —sollozó ella—. ¡Nuestro hermano está vengado!
—Sí, hermanita ­—dijo el hombre, arrojando el arma a un lado­—. Johnny descansará en paz, porque su asesino pagó por su crimen… Ahora podremos retomar nuestra vida. ¡Y todo gracias al señor Collins, nuestro buen amigo!
El escritor se les había acercado, y, estirándose, palmeaba las anchas espaldas de Algernon.

—Ustedes también hicieron lo suyo… ¡Estupenda actuación, chicos! Se caracteriza­ron magníficamente. Aunque —añadió en tono reflexivo—, tú exageraste un poco tu torpeza, Alger. Después de tantos meses de práctica, manejabas el “Colt” como un experto.
—Pero pese a todo, y lo sabes muy bien, Sexton, nunca podría haberle ganado a Sutton si no lo hubiese hecho creer que aquello sería “pan comido” para él, y no valía la pena que se esforzara…
—Como sea—coronó Collins—,  ¡meta alcanzada!
La muchacha, impulsiva, lo besó en la mejilla, que se empurpuró inmediatamente.
—¡No sabemos cómo agradecerte, Sexton! Si tú no hubieses rastreado a ese canalla, con tanta paciencia, hasta que supiste que vendría a este pueblo…
El folletinista meneó la cabeza, intentando parecer modesto, aunque era obvio que estaba orgulloso de su hazaña.
—¡Intrigas más complicadas escribí en mis novelas!... No fue nada. Además ­—su voz tornóse grave—, ¡se lo debía a mi buen amigo Johnny! ¡Morir así…, en la flor de la vida, solo porque un maldito matador quiso lucirse!
Se volvió a Lina:
—Una obra de arte ese segundo hoyo, chiquilla… ¡Se lo merecía!
—Para estar bien seguros —repuso ella—. Con las culebras, nunca se sabe.

 

miércoles, 30 de agosto de 2017

RESCATE DE ALFREDO FERRONI, por Germán Cáceres

Fue una persona maravillosa, pura bondad y, por supuesto, un gran artista. Sus dibujos fueron graciosos, bien plantados y personales. Pasaron muchos años y al venir a mi memoria me emocioné…Eso es lo que nos dejan las muy buenas personas.

Martha Barnes




Nació en la Argentina en 1919 y falleció en 1983, a los sesenta y cuatro años, según los datos de Siulnas que Carlos Martínez aportó en una nota (ver bibliografía).
Su padre, un inmigrante italiano, era dibujante y fue el primero que le enseñó los rudimentos de este género gráfico. Más tarde recibió lecciones de dibujo artístico y publicitario por parte de un profesor.
Publicado en Dártagnan 272, julio de 1972. 


Lo suyo era el humor de cuadro único y, además, una profesión abandonada por el avance tecnológico: la de letrista. Realizó los títulos de numerosas historietas y diseñó letreros luminosos. También se dedicó a la publicidad (fundó una agencia junto con un hermano y creó avisos para firmas importantes como Brancato y Droguería La Estrella).
Se destacó su sentido humanitario al ejecutar dibujos «relámpago» en escuelas, y también los hizo para enfermos y personas desamparadas en hospitales e instituciones de bien público.
Publicado en D´Artagnan 361, septiembre 1975.

Su carrera profesional comenzó en 1936 colaborando en la revista Figuritas, dirigida al mundo escolar. Luego trabajó para Editorial Tor y en las publicaciones Racing, Cascabel, Rico Tipo, Pilucho, Tío Vivo, Tipote, Loco Lindo, TV Guía, Chistosis, La Revista Dislocada, María Bizca y Esquiuú. En 1944 se relacionó con Ramón Columba y empezó a dibujar en su Editorial (revistas Páginas de Columba, Intervalo, El Tony, Fantasía, D`Artagnan, OptimismoY Puntos de vista). Muchas veces firmaba graficando un sombrero mejicano (algunos creían que era de esa nacionalidad).

Publicado en D´Artagnan, noviembre de 1972.

Estuvo a cargo de las series Rulito, el gato atorrante y Pecoso y su pandilla. Entre sus personajes se destacan Chicote, Martín Lata, Astronauta diplomado, Hercusansonacho y Bronca Ley.
Sus viñetas de humor  se agrupaban en una página, a veces dentro de una temática. De trazo seguro y armonioso, era original en la composición gráfica de los personajes. En algunos cuadritos muestra un tinte surrealista. Por ejemplo, hay uno muy logrado sobre la magia, en la que el marido se despierta de una pesadilla y le comenta a la esposa: “Soñé que un mago me transformaba en caballo” y precisamente ella observa que él ya tiene cabeza de caballo. Sus chistes, aunque hoy resultan ingenuos, evidenciaban una notable inventiva. Muchos de los textos se debían a Inés Vilaboa.

Publicado en Fantasía 236, enero de 1974.


En otro cuadrito un señor con un diente en la mano le pregunta si es suyo a un boxeador noqueado con medio cuerpo fuera del ring. En una página dedicada a «La esgrima» resulta desopilante cómo una esposa utiliza un florete para ensartar chorizos y asarlos en la parrilla, mientras otra emplea la rejilla protectora como colador de fideos. En la dedicada a los presidiarios, el director de la cárcel le dice a uno de ellos: «Ud. se queja porque tiene que estar cinco años. ¡Yo hace veinte que estoy aquí!».

Publicado en Fantasía Color 40, marzo de 1979.

Resulta gracioso cómo graficaba a las mujeres: las jóvenes lucían hermosas y de curvas pronunciadas, en tanto las mayores eran voluminosas por su sobrepeso. Los fondos los representaba con simples líneas, pero en algunos (como el de un chico mirando los objetos de un cuarto de trastos y el de un hombre en camiseta que está leyendo un diario en la cama) toda la escena está representada con sumo esmero caligráfico.

Publicado en El Tony 307.

Sucede que –salvo casos de vigencia excepcionales– los lectores se olvidan por completo de los historietistas. Es que cuesta apreciar las creaciones del pasado; en la actualidad el público se halla aprisionado por las pautas del presente. Parece que no se tiene en cuenta la sentencia de Ernst Fischer: «Toda lectura tiene su fecha». El lector debe aplicar con sabiduría este concepto para gozar las virtudes de una obra ubicándose en la época en que fue concebida.  Algo parecido ocurre con la literatura y las demás expresiones artísticas. Pero los museos operan como memoria de las artes plásticas y los conservatorios, teatros líricos y salas de conciertos con la música. La literatura se resguarda en las academias y en las universidades (Lucho Olivera opinó que «Hoy es casi imposible leer fuera de los ámbitos universitarios novelas como el Ulises de Joyce o El Quijote de Cervantes.»). La historieta pudo ingresar a esos claustros después de una larga y dura lucha, de modo que debería consolidarse  esta tendencia para que no se pierda la producción de estos grandes historietistas que tanto predicamento tuvieron en su momento.  
Publicado en El Tony 420, marzo de 1979.

Nada mejor para finalizar esta nota que recurrir a la palabra autorizada de Gerardo Canelo:
«Sobre Alfredo Ferroni como artista digo que pertenece a una época de humor limpio, elegante, no agresivo ni en sus dibujos ni los textos. Un dibujante que fue evolucionando  y no quedándose en el tiempo. Siempre buscando actualizar sus monos.
 Como letrista, solamente conocí sus letras para títulos. Él pertenecía a una época en que se dibujaban hasta los titulares de las tapas de los diarios. Las variaciones en las tipografías de esa época eran muy reducidas, por eso las más variadas revistas utilizaban títulos dibujados. La publicidad hacía lo mismo y el ser letrista era motivo para tener trabajo en diversas aplicaciones dibujadas. Ferroni creo que, por estar cercano a todo lo referente al dibujo gráfico, era distinguido por los editores para esa tarea. Y lo hacía muy bien acompañando letras más viñetas con las que ambientaba la historieta.



Y, como persona, era maravillosa.  Muy humano, muy cordial con sus saludos y sé que también lo era en su vida familiar. Su bondad se ve con claridad en sus dibujos.
Lo lamentable para mí fue que siendo un amigo de mucho tiempo en Columba, cuando falleció, sus compañeros nos enteramos mucho después. Había tenido una intervención quirúrgica cardíaca bastante seria, pero había salido aparentemente bien. Hay notas de Siulnas que pintan la calidad de Ferroni como persona solidaria y destaca que iba asiduamente a los hospitales a dibujar para entretener a chicos enfermos.
Vivía en Santos Lugares y era hincha de Huracán.»



Germán Cáceres


Bibliografía

–laduendes.blogspot.com.ar: «Los maestros olvidados: Alfredo Ferroni».
–Martinez, Carlos R.: «Alfredo Ferroni, la sonrisa de Columba/Top- Comics», https://luisalberto 941.wordpress.com.

–siulnas-historiador. blogspot.com.ar: «Un día como hoy…».

martes, 13 de junio de 2017

MALVINAS El sur, el mar, el frío de VVAA, por Germán Cáceres

(Editoriales de la Universidad Nacional de Rio Negro y de Villa María, Viedma, 2016, 96 páginas).



Nueve historias desgarradoras acerca de un hecho bélico que, según el prólogo de los editores, ocasionó la muerte de  “…907 personas, 649 eran argentinos. Se estima que luego del conflicto –no hay datos oficiales – unos 500 excombatientes se suicidaron”.  
Mind the gap se podría considerar una microficción: en pocas viñetas se describe el sentimiento de culpa que perseguirá hasta la muerte al soldado inglés que mató a un argentino desarmado. Texto y dibujo están ensamblados en una historieta donde priman una síntesis inteligente y las imágenes mudas. Y todo sucede en una única escena. (Guión: Mariano Antonelli/ Arte: Oscar Capristo).


Hay cosas que no se te olvidan nunca tiene una gráfica original, con un bello juego de blancos, grises y negros que apela a la esencia de la historia en tanto los diálogos optan por el sobreentendido. (Guión: Sofía Cunha/ Arte: Rodrigo Luján).


Soldados es un emotivo relato sin textos, solo cuadritos mudos. Resulta difícil que un argentino no se sienta conmocionado ante esta tragedia tan tremenda como injusta, una impresión que trasmite la totalidad  del libro. (Guión y arte: Eduardo Molina).


En Jugar a la guerra, Fer Calvi (guión y arte) despliega, a través de su técnica de reportaje historietístico, los testimonios recopilados por Francisco de Zárate y realiza una contundente denuncia sobre una guerra que hizo tanto daño a la Argentina.


Asesinos exhibe dibujos crudos y realistas para narrar este suceso de horror que hace pensar que la vida carece de sentido. (Guión: Mariano Antonelli/ Arte: Diego Aballay).


Chelo Candia (guión y arte) en Meen a Casilda se permite plasmar un logrado juego simbólico de alucinaciones, en el cual un soldado muerto parece venir del más allá.


En Recuerdos de la guerra, Alejandro Aguado (guión y arte) propone un original relato que exhibe el terror de los habitantes de Comodoro Rivadavia ante la posibilidad de un bombardeo británico. También se permite deslizar una nota de comicidad dentro de un estilo gráfico emparentado con el dibujo humorístico.


Una sugestiva ficción onírica alusiva a la soledad y a la muerte que desembarcaron en las islas Malvinas plantea en El número más bajo Mariano Antonelli (guión y dibujo).


En Viaje a la línea, Kristian Rossi (guión y arte) expresa gráficamente, mostrando el vuelo de las gaviotas, la belleza natural de las islas, pero también refiere que de ese mismo cielo caen las bombas que dan muerte al soldado que narra los acontecimientos.


Malvinas, el sur, el mar, el frío es un libro conmovedor. Los editores aseveran en el citado prólogo: “Como tampoco es posible disociar las islas de la guerra de abril de 1982. Como tampoco es posible desmembrar la guerra de la dictadura que comenzó del 24 de marzo de 1976…”.


Germán Cáceres

domingo, 7 de mayo de 2017

Libro Evocando Viñetas 3, de Germán Cáceres



EVOCANDO VIÑETAS 3, continúa la línea de trabajo de Germán Cáceres con La Duendes. Como en las versiones anteriores, el libro presenta notas y entrevistas a protagonistas de la historieta nacional e internacional, del pasado y el presente.

NOTAS:
JOAQUÍN ALBISTUR -  WALTER CIOCCA - EL SOMBRERO DE MÚLTIPLES PICOS. Cilencio (1938-2012) - TURAY, hermano de aventuras - JORGE PÉREZ DEL CASTILLO - CARLOS CRUZ - LA DÉCADA DEL SETENTA - UN GRAN ARTISTA AL VOLANTE (MANNKEN)  - 75 AÑOS CON BATMAN. BATMAN, EL SUCIO - LA IMPORTANCIA DE LA LECTURA DE HISTORIETAS EN LA FANTASÍA INFANTIL.

ENTREVISTAS:
DIEGO PARÉS - SEBASTIÁN DUFOUR - FERNANDO CALVI - TONI TORRES - MARTHA BARNES - JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ  - ANDRÉS ACCORSI  - Con ART SPIEGELMAN en Nueva York.

Los textos se complementan con numerosas imágenes de los trabajos más significativos de cada autor abordado.

EVOCANDO VIÑETAS 3 es un nuevo aporte al valioso conocimiento de la historieta argentina y extranjera. Un libro de consulta obligada.
100 páginas, edición en tamaño grande (20 x 29 cm), 

domingo, 23 de abril de 2017

LA VANGUARDIA PERDIDA de Osvaldo Aguirre, por Germán Cáceres

(Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2016, 240 páginas)



Este libro de inusual calidad impresiona en primer lugar por su lujosa edición. Luego está el brillante y erudito prólogo de Juan Sasturain que afirma que “es una maravilla  (…) y que “lo habíamos soñado”. Esta exaltación preliminar no es gratuita, sino la celebración del rescate de un período del humor gráfico argentino realmente innovador, y totalmente olvidado.
La vanguardia perdida se refiere a tres publicaciones: 4 Patas, Gregorio y La Hipotenusa, que en su esencia eran más bien revistas literarias con abundante contenido de humor gráfico. Lo afirma el mismo Sasturain: “Lo suyo era en líneas generales, la escritura a secas. La ficción, la poesía”.


Aguirre hace una inteligente y valiosa selección de material gráfico y de textos de las revistas citadas, y ofrece un análisis nutrido de abundante información sobre el nacimiento y el final de cada una de ellas.
4 Patas apareció en abril de 1960, con la dirección de Carlos del Peral, como desprendimiento de Tía Vicenta, de Landrú, de la que aquél había sido jefe de redacción. Del Peral justificó su alejamiento alegando que Landrú no había protegido a un integrante de su staff detenido por la policía. Claro, eran los célebres sesenta, que se caracterizaron principalmente por la proscripción del peronismo, el golpe de Onganía y las primeras señales de rebelión popular (con el Cordobazo a la cabeza). Pero también había una ebullición artística y literaria que anhelaba cambiar todos los parámetros estéticos –como, por ejemplo, la cinefilia y la Nouvelle vague, el Instituto Di Tella y La Menesunda de Marta Minujín, en la que se celebraba todo lo original y distinto. El autor de esta meritoria investigación opina: “Pero el nuevo humor no se abastece solamente de las referencias del género. Lo que lo distingue son sus cruces con la literatura, el arte y el ámbito cultural en sentido amplio, y también con la política.”


Ante todo debe señalarse que las tres publicaciones ejercían un humor inteligente y en cierto sentido experimental, no sólo en los textos (inclusive los puramente literarios como cuentos y crónicas) sino también en el grafismo. Recurrían al absurdo, el disparate, la ocurrencia lunática, la paradoja, los juegos de palabras y la estilización de las imágenes, que no eran simpáticas como las que se exhibían en la revista Patoruzú. En resumen, era una vanguardia no carente de su dosis de esnobismo, que por supuesto no atrajo al público y al cuarto número 4 Patas debió cerrar por sus bajas ventas. Colaboraron en ella (entre muchos otros) figuras de la talla de Miguel Brascó, Copi, Daniel Giribaldi, Alberto Vanasco, Noé Jitrik, Aldo Camarotta, Jordán de la Cazuela, César Bruto, Beatriz Guido, y también Quino, Oski, Kalondi, Catú, Siulnas y Siné.


Gregorio, dirigida por Miguel Brascó, surgió en febrero de 1963 como un suplemento de la revista literaria Leoplán. En ella hay obras –además de las de algunos de los colaboradores de 4 Patas – pertenecientes a Rodolfo Walsh, César Fernández Moreno, James Thurber, Henri Michaux, Ambrose Bierce, Macedonio Fernández, Carlos Marcucci, Ezra Pound, Chejov, Carlos Drummond de Andrade, Arthur C. Clark, y dibujos de Juan Fresán y de Napoleón. Asimismo, hubo una sección «Humor extranjero» que publicó trabajos de Loriot, Ronald Searle, Manzi, Sempé, Gerard Hoffnung y Mikklos Knezy. Allí apareció por primera vez Mafalda., pues su creación deriva de una publicidad para una empresa de electrodomésticos. Brascó aclaró que “Gregorio no es un suplemento cómico sino un suplemento de humor, su intención no es hacer reír, sino hacer reflexionar con una sonrisa en los labios“. Leoplán cerró en septiembre de  1965, pero Gregorio pudo continuar como suplemento de La Hipotenusa a partir de abril de 1967, fecha en que nació esta nueva publicación  –bajo la dirección de Luis Alberto Murray y con Daniel Giribaldi y Juan Fresán, como jefes de redacción y de arte, respectivamente–, la cual sólo llegó a publicar catorce números.


A varios integrantes  de 4 Patas y Gregorio, se añadieron dibujantes como Garaycochea, Faruk, Lorenzo Amengual, Bróccoli, Páez, Sanzol, Grondona White, Vilar. Y escritores de la talla de Javier Villafañe, Horacio Verbitsky, Arturo Jauretche, César Tiempo, José María Rosa, José Gobello, Enrique Wernicke, Roberto Santoro, Osvaldo Lamborghini y cuentos no reeditados de Bioy Casares.


Acerca del número final de La Hipotenusa, Aguirre sentencia: “Y con ella se cerró una etapa donde el humor gráfico argentino experimentó nuevas formas y se extendió a temas antes inexplorados, en un contexto de represión y censura”.


Pero tanto en las batallas como en las revoluciones las vanguardias son las primeras en caer para ser rápidamente olvidadas, y sin embargo muchas victorias se deben a su valentía. Lo mismo ocurre con las vanguardias artísticas: pierden vigencia, envejecen, y no se las recuerda. No obstante, subrepticiamente, a partir de su ocaso las estéticas se vivifican y adquieren nuevos rumbos enriquecedores.




Germán Cáceres 

miércoles, 5 de abril de 2017

Carlos Chingolo Casalla (1926 - 2017)



Carlos Casalla, en fotos de A. Aguado


A los 90 años de edad, falleció Carlos Chingolo Casalla, uno de los principales exponentes de la historieta argentina de la segunda mitad del siglo XX. Fue el creador y dibujante de series de gran éxito, como El Cabo Savino, Alamo Jim, Ronstadt , Capitán Camacho, Perdido Joe, El Cosaco, Larsen & Finch, Memorias de un porteño viejo, Sargento York, Chaco, en revistas de Editorial Columba (D´Artagnan, El Tony, Fantasía, Nippur Magnum), Record ( Skorpio, Tit Bits, Pif Paf, Gunga Din, etc), Misterix, entre muchas otras. Su obra se republicó con gran repercusión en Italia y otros países.

En Patagonia (residía en Bariloche) también desarrolló una nutrida obra relacionada con la historia y personajes históricos de la región, no tan conocida fuera de la región.

Con su partida, se fue uno de los máximos exponentes de las generaciones doradas que van de las décadas del 60 a los años 90.

Por nuestra parte, tuvimos el gran privilegio de publicar un libro de El Cabo Savino, y dedicarle un libro grupal, de homenaje a su personaje, el mítico Cabo Sabino.


Hasta siempre maestro! Y Gracias.

Nuestro pésame a familiares y allegados.

Tapa del libro de homenaje que le dedicamos a su personaje, desde La Duendes







Chaco, en Italia



Página de Perdido Joe




Página de Ronstadt



Algunos de los libros de la obra "Patagónica" de Casalla